
Lloraba el sol sobre la obsidiana. Amaba a la luna, lejana y tan cerca. Todos los días podía verla apenas, en su ocaso, emerger entre estrellas ... y él lloraba. La vuelta diaria al Tollan le invitaba a verla de nuevo, y la suma de esos minutos era su energía. Lucía por y para ella, e irradiaba calor y vida. Los nativos sabedores, elevaron dos pirámides señalando los cuatro puntos cardinales en sus laderas, aposentadas en la madre tierra, y señalando con la punta a cada uno de los astros de manera inequívoca: la pirámide del sol señalaba a la luna en su aparición, y la pirámide de la luna, al sol en el suyo. El sol desafiando a la distancia, se detuvo en el tiempo y esperó a su amada, ante el estupor de los nativos. Nada seguiría igual tras aquellos escasos segundos (a ellos les pareció así) de felicidad total en que ambos cuerpos celestes se encontraron, formando un eclipse paralelo: Nadie eclipsó a nadie, sólo fueron uno.
SOLFRIO

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